Don Jaime se curó las heridas lavándoselas cuidadosamente con agua y sal, según la costumbre india, luego se sentó a la mesa, y empezó a inspeccionar los papeles de que a tanta costa se apoderara y cuya posesión había puesto en peligro su existencia, y a poco quedó absorto por este trabajo, que al parecer le interesaba en grado sumo.

Por fin, a las diez de la mañana el aventurero se levantó, dobló los papeles, los puso en una cartera que se metió en un bolsillo de su dolmán, se echó un sarape sobre los hombros, se cubrió la cabeza con un sombrero de piel de vicuña adornado de ancha golilla de oro, y en este traje tan elegante como pintoresco se salió de su casa.

Como el lector recordará don Jaime había dado a don Felipe palabra de honor de ser su albacea testamentario; para cumplir esta promesa sagrada salía.

A las seis de la tarde y después de haber entregado la herencia a la madre y a la hermana del guerrillero, don Jaime regresó a su casa, a la puerta de la cual encontró a López que, completamente descansado, le estaba aguardando y había dispuesto para su amo una frugal comida.

—¿Hay novedad? le preguntó el aventurero sentándose a la mesa y empezando a comer con apetito.

—Pocas, mi amo, respondió López, sólo vino un capitán ayudante de campo del excelentísimo señor presidente.

—¡Ah! murmuró don Jaime.

—Sí, continuó López, el señor presidente desea que vaya V. a palacio a las ocho.

—Iré; pero ¿aquí acaban tus noticias? ¿luego no saliste?

—Usted dispense, mi amo, como de costumbre fui a la barbería.