—Dios es grande, mi general, dijo el aventurero. No siempre la victoria sonríe al número.
—En fin, vivir para ver, profirió Miramón.
—¿Y cuándo determina V. poner en ejecución su plan?
—No tardaré sino el tiempo indispensable de prepararlo todo; antes de diez días. Cuento con usted.
—Suyo soy en cuerpo y alma, mi general.
—Me consta, amigo mío; pero basta ya de política. Ahora, como mi esposa desea vivamente verle a V., hágame V. el favor de venirse conmigo a sus habitaciones.
—Me llena de gozo tan galante invitación, mi general: sin embargo, quisiera haber podido hablar con V. de un asunto muy importante.
—Luego, luego; demos un momento de tregua a los negocios; tal vez se trata de una nueva defección o de algún traidor merecedor de castigo. De algunos días a esta parte llegan a mí sobrado malas noticias para que no anhele gozar de algunas horas de respiro. Los negocios malos dejarlos para mañana, como decía no sé quién.
—Sí, pero a veces mañana es tarde, repuso con intención el aventurero.
—A la buena de Dios, gocemos de lo presente, que es el único bien que le queda a quien no le pertenece ya lo porvenir.