Y tomando del brazo a don Jaime, se lo llevó suavemente, sin que éste se atreviese a resistir más, a las habitaciones de la señora de Miramón, mujer seductiva, cariñosa y tímida, verdadero ángel guardián de su esposo, cuyas grandezas la despavorían, y la cual no se sentía venturosa sino en la vida íntima del hogar, entre sus dos hijos.
[XVII]
JESÚS DOMÍNGUEZ
Una hora después don Jaime salió de palacio y, seguido de López, se fue a la casa del arrabal, en la que encontró al conde y a su amigo que, entregados por completo a su amor e indiferentes a cuanto pasaba en torno suyo, pasaban días enteros al lado de sus respectivas amadas y gozaban, con la dichosa indolencia de la juventud, de lo presente, para ellos tan benigno, sin preocuparse con lo porvenir.
—¡Ah! ¡por fin! profirió gozosamente doña María al ver a su hermano; ¡cuán caro se nos vende V.!
—Los negocios, dijo Jaime sonriendo.
La mesa estaba colocada en medio del comedor, los dos criados del conde, inmóviles delante de los aparadores, se disponían a servir, y León Carral, con una servilleta en el brazo, aguardaba que cada cual ocupase su sitio en torno de la mesa.
—Pues en tan buena coyuntura llego, dijo don Jaime alegremente, por mi vida que no voy a dejarlas a Vds. que cenen solas con esos caballeros, si es que se dignan permitirme que las acompañe.
—¡Qué dicha! exclamó doña Carmen.