El espía o lo que fuese se hizo violentamente atrás e intentó huir, mas el aventurero le asió del brazo, apretándoselo como en un tornillo, y arrastrándole a pesar de la obstinada resistencia que oponía, le condujo hasta el pie de una estatuita de la Virgen que, colocada en un nicho encima de la puerta de una tienda había y ante cuya imagen ardían algunos cirios, y quitando de una manotada el sombrero a su prisionero, le miró atentamente.

—¡Hola! ¿conque es V., señor Jesús Domínguez? dijo don Jaime en voz irónica. Vive Dios que no pensaba encontrarle a V. aquí.

El cuitado miró con ojos lastimeros a aquél en cuyo poder estaba, pero no respondió palabra alguna.

Don Jaime aguardó por espacio de algunos segundos, pero al ver que su prisionero se había encerrado en el más absoluto mutismo, le sacudió con violencia, diciendo:

—¿Vas a responder al fin, gran tunante?

—¡Es el Rayo o es el diablo! murmuró éste con espanto, mientras fijaba su atónita mirada en él que por tal modo sujetado lo tenía.

—Uno de los dos, en efecto, profirió don Jaime con zumba; ya ves que estás en buenas manos. ¿Quieres o no decirme por qué de guerrillero y salteador de caminos te has convertido en espía y quizás y aun sin quizás en asesino en esta capital?

—Mis desventuras me han traído, excelentísimo señor; he sido blanco de la calumnia; mi honra era inmaculada.

—¿Tu honra? el diablo me lleve si creo palabra de lo que dices, repuso el aventurero; te conozco demasiado, pillastre, para que intentes engañarme. ¡Ea! luego y sin tergiversaciones dime la verdad, o te mato como a un zopilote.

—¿Le sería a vuecencia lo mismo apretarme un poco menos el brazo? le tengo ya medio descoyuntado.