—Te suelto, dijo don Jaime; pero como intentes huir, te pesará. Di, escucho.
Domínguez, al sentirse libre de aquel tornillo humano, dio un suspiro de alivio y movió repetidas veces el brazo para restablecer la circulación; luego dijo:
—Primeramente quiero que vuecencia sepa que continúo siendo guerrillero y además que he subido de grado: soy teniente.
—Mejor para ti. Pero vayamos al grano; ¿qué estabas haciendo en aquel escondite?
—Estoy de expedición, excelentísimo señor,
—¿Tú te has venido solo a Méjico para llevar a cabo una expedición? Mira lo que dices, bergante; no consiento burlas.
—Juro a vuecencia, por la parte de paraíso que me corresponde, que le digo la verdad monda; por otra parte no vine solo, mi capitán me acompaña; más bien dicho, vine obedeciendo a una orden terminante de éste.
—¡Ah! ya; y ¿cómo se llama el capitán ese?
—Vuecencia le conoce.
—Puede; pero ¿cómo se llama, repito?