—Don Melchor de la Cruz.

—Me lo temía; ahora lo adivino todo: tú estás encargado de espiar a doña Dolores de la Cruz, ¿no es eso?

—Sí, excelentísimo señor.

—¿Qué más?

—Nada más.

—¡Ah! pillo, mientes.

—Juro a vuecencia que se lo he dicho todo.

—Veo que tendré que echar mano de un gran recurso, repuso don Jaime amartillando impasiblemente una pistola.

—¿Qué está haciendo vuecencia? exclamó Domínguez despavorido.

—Ya lo ves, me preparo a levantarte la tapa de los sesos.