—¿Pero no ve vuecencia que éste no es el modo de hacerme hablar? repuso con candidez Jesús Domínguez.

—Ya, dijo el aventurero, pero sí él de obligarte a callar.

—¡Jum! profirió Domínguez, dispone vuecencia de argumentos tan convincentes, que no hay quien los resista; prefiero decirlo todo.

—Obrarás cuerdamente.

—Pues bien, no sólo tenía el encargo de espiar a doña Dolores, sino también a la señora y a la señorita con quienes vive y a cuantos las visitan.

—¡Zambomba! mucho era para un hombre solo.

—No mucho, excelentísimo señor, pues apenas reciben a nadie.

—¿Y desde cuándo desempeñas tan honroso oficio, canalla?

—Desde hace doce días.

—¿Así pues formabas parte de la gavilla que intentó penetrar a viva fuerza en casa de esas señoras?