—Sí, excelentísimo señor; pero no logramos nuestro objeto.

—Lo sé; pero dime, ¿a lo menos te pagan bien?

—Don Melchor no me ha dado todavía dinero alguno, pero me ha prometido cincuenta onzas.

—Nada le cuestan las promesas a tu capitán: le es más fácil prometer cincuenta onzas que dar diez pesos.

—¿Vuecencia lo cree así? Don Melchor está rico.

—¿Quién, él? está más pobre que tú.

—¡Malo! lo siento, pues todavía no he conseguido economizar sino deudas.

—Como eres un botarate; mereces lo que te está pasando.

—¿Yo, excelentísimo señor?

—¿Quién pues? En lugar de ponerte al servicio de los que podrían pagarte, te afilias a un miserable que no posee donde caerse muerto.