—No, replicó el Rayo, soy un hombre de alma. Ahora márchese V., le perdono la vida.
—Parto, sí, dijo el coronel; pero sea usted quien sea, hombre o demonio, juro matarle, aun cuando deba perseguirle hasta las profundidades del averno.
El Rayo se acercó a don Felipe, le llevó violentamente aparte asido del brazo, y levantando la máscara que le cubría el rostro le mostró sus facciones, diciendo con voz reconcentrada:
—Va V. a conocerme ¿no es verdad? Lo único que le encargo ahora que me ha visto cara a cara, es que no olvide que nuestro primer encuentro puede ser mortal; márchese V.
Don Felipe se subió a caballo sin replicar palabra, se puso a la cabeza de sus despavoridos soldados, y al galope tomó de nuevo el camino de Orizaba.
Cinco minutos después, en la meseta no quedaban sino los viajeros y sus criados. El Rayo, aprovechando sin duda el momento de desorden y sorpresa producido por el final de la escena que hemos narrado, había desaparecido.
[V]
LA HACIENDA DEL ARENAL
Cuatro días después de ocurridos los acontecimientos de que se hace mérito en el anterior capítulo, el conde Luis del Saulay y Oliverio todavía viajaban mano a mano, pero el lugar de la escena había cambiado por completo. Alrededor de ellos se extendía una inmensa llanura cubierta de feraz vegetación y regada por algunos ríos, en las márgenes de los cuales estaban asentadas las humildes chozas de muchos pueblos de escasa o ninguna importancia; acá y allá estaban pastando algunos rebaños vigilados por vaqueros montados que llevaban la reata en la silla, el machete al cinto y la larga pica en el descanso. En el camino, cuyas amarillentas revueltas resaltaban sobre el color verde del llano, se veían negruzcas manchas, que no eran sino recuas de mulas que se dirigían hacia las nevadas montañas que limitan el horizonte; grupos de árboles gigantescos daban variedad a la perspectiva, y algo a la derecha, en la cúspide de una colina bastante elevada, se erguían orgullosamente los robustos muros de una importante hacienda.