Con todo, la cólera y el orgullo devolvieron al coronel la fuerza necesaria para ocultar a los ojos de los asistentes la espantosa agonía que estaba sufriendo; por un supremo esfuerzo de voluntad recobró aparentemente la calma y disparó la cuarta bala.

—Esta vez lo ha hecho V. más bien, dijo con zumba el Rayo, pero todavía ha pasado demasiado alta; a ver la otra.

Exasperado por esta última burla, don Felipe apretó el gatillo, y la bala fue a dar contra la peña escasamente a una pulgada encima de la cabeza del desconocido.

No quedaba sino una bala en el revólver.

—Adelante V. cinco pasos, dijo el Rayo; puede que así no desaproveche el último tiro.

Don Felipe no contestó a este último sarcasmo, pero saltó como una fiera, se colocó a quince pasos e hizo fuego.

—Ahora me toca a mí, dijo con toda tranquilidad el desconocido, retrocediendo para restablecer la distancia primera; pero observo, caballero, que se ha descuidado V. de descubrirse, y ésta es una falta de cortesía que no tolero de ningún modo.

En pronunciando estas palabras, el Rayo empuñó una de las dos pistolas que llevaba al cinto, la amartilló, tendió el brazo, disparó sin tomarse la molestia de apuntar, y el sombrero del coronel, arrebatado por el proyectil, cayó rodando por el polvo.

Don Felipe dio un rugido salvaje y exclamó:

—¡Es V. un demonio!