—¡Quía! señor, no va V. a matarme, respondió con frialdad el Rayo.
—¿Usted cree?
—Estoy seguro de ello; para matar a un hombre de mi temple, señor don Felipe, respondió el Rayo con acento de ironía mordaz, es menester un corazón animoso y una mano de bronce, y V. carece de ambas cosas.
Don Felipe no replicó, pero dominado por rabia sorda, pálida la frente y las cejas juntas, fue a colocarse resueltamente a veinte pasos de su adversario.
El Rayo echó pie a tierra, se plantó con arrogancia, irguió la cabeza, avanzó la pierna derecha y cruzó los brazos a la espalda.
En esta posición y enfrente del coronel, dirigió a éste las siguientes palabras:
—Procure V. apuntar bien; los revólveres, por buenos que sean, suelen tener el defecto de enviar las balas un poco altas; no se apresure usted. ¿Está ya? Bravo; puede V. disparar.
Don Felipe no aguardó a que se lo dijeran dos veces, sino que, apretando el gatillo, hizo tres disparos seguidos.
—Demasiado aprisa, demasiado aprisa, gritó el Rayo al coronel, ni siquiera he oído silbar las balas. No se apresure V. tanto y vea de aprovechar las tres balas que le quedan.
Todos tenían la mirada fija en los duelistas y el corazón pendiente de un hilo. Don Felipe Neri, desmoralizado por la impasibilidad de su adversario y el mal éxito de sus disparos, a pesar suyo se sentía fascinado por la negra estatua que ante él se erguía serena y de la que solamente veía, al través de la máscara, brillar los ojos cual ardientes brasas; de cada uno de sus cabellos, erizados de espanto, pendía una gota de sudor; en una palabra, había perdido el ánimo.