Don Felipe tomó el arma, la volvió entre los dedos, y levantando la cabeza con ademán contrariado, dijo:

—No sé servirme de esta clase de armas.

—Pues son muy sencillas, contestó cortésmente el Rayo, y va a conocer perfectamente su mecanismo dentro de un par de segundos; señor don Andrés, hágame V. el obsequio de explicar a don Felipe el sencillísimo manejo de estas armas.

El español explicó el modo de usar el revólver al coronel, quien desde luego se puso al cabo.

—Ahora, señor don Felipe, continuó el Rayo, siempre sereno e impasible, escúcheme V. bien: consiento en darle la satisfacción que de mí solicita, con tal que, sea cual fuere el resultado del duelo que vamos a empeñar, se comprometa a volver grupas al instante dejando a don Andrés y a su hija en libertad de continuar su viaje como más les convenga: ¿acepta V.?

—Acepto, señor.

—Perfectamente; ahora lo que vamos a hacer es echar pie a tierra y colocarnos a veinte pasos uno de otro; ¿le conviene a V. esta distancia?

—Sí, señor.

—Está bien; a una señal mía, pues, dispare V. sobre mí los seis tiros de revólver; yo tiraré luego, pero una sola vez, porque el tiempo apremia.

—Dispense V., señoría, ¿pero si le mato a V. de uno de los seis disparos?