—¡Ah! caballero, exclamó el coronel, ¿consentiría V...?

—¿En jugar mi vida contra la de V.? ¿por qué no? dijo el Rayo con voz zumbona. Usted desea una lección y voy a dársela.

Inmediatamente don Felipe Neri volvió grupas, y dirigiéndose a sus soldados les hizo retroceder, maniobra que éstos ejecutaron con la más laudable solicitud.

Don Andrés de la Cruz, que así llamaremos en adelante al anciano, dándole su verdadero nombre, había asistido como espectador íntimamente interesado a la escena que hemos descrito y en la cual hasta entonces no se atreviera a tomar parte.

Con todo, al ver el cariz que tomaban las cosas, se creyó en el deber de aventurar algunas observaciones.

—Dispense V., caballero, dijo dirigiéndose al misterioso incógnito, le agradezco en el alma su intervención en mi pro, pero permítame le advierta que hace ya sobrado tiempo que estoy detenido en este desfiladero y que desearía continuar mi viaje a fin de poner cuanto antes a mi hija a cubierto de todo peligro.

—Ningún peligro amenaza a doña Dolores, señor, repuso con frialdad el Rayo; este corto retardo no puede en modo alguno acarrearla malas consecuencias; por otra parte, deseo que usted presencie el duelo que va a verificarse aquí y que hasta cierto punto es en pro de su causa; le ruego pues que tenga paciencia. Pero ahí está de regreso don Felipe; pronto estaremos listos. Figúrese V. que apuesta en una riña de gallos; créame, va V. a divertirse.

—Sin embargo..., arguyó don Andrés.

—De insistir va V. a disgustarme, caballero, interrumpió con aspereza el Rayo. A ver, preste usted a don Felipe uno de los magníficos revólveres que consigo trae y sé se los ha remitido desde París el armero Devisme. Supongo que están cargados ¿eh?

—Sí, señor; lo están, respondió don Andrés entregando una de sus pistolas.