Ahí quien era el hombre cuya imprevista aparición en medio de la escolta de la berlina había por tal modo despavorido y amilanado a los soldados.

Por un instante el Rayo permaneció impasible y sombrío frente a los soldados reunidos delante de él, y luego con voz enérgica y clara, dijo:

—Señores, me parece que Vds. han olvidado que nadie sino yo tiene derecho a obrar a su antojo en los caminos de la república.

Y volviéndose hacia el coronel, que se encontraba a algunos pasos inmóvil como una estatua, añadió:

—Señor don Felipe Neri, vuelva V. pies atrás con los suyos; el camino está completamente libre hasta Puebla. ¿Me comprende usted?

—Sí, señor; sin embargo, replicó el coronel titubeando, me parece que mi deber me ordena escoltar...

—¡Cállese V.! exclamó con arrebato el Rayo; escuche V. bien lo que voy a decirle y sobre todo saque provecho de mis palabras: aquéllos a quienes esperaba V. encontrar no lejos de este sitio, no existen ya; casi todos sus cadáveres son en este instante pasto de los buitres. Por hoy han perdido Vds. la partida; créanme pues, vuelvan grupas.

El coronel titubeó espacio de un segundo, luego hizo avanzar algunos pasos a su caballo, y con voz entrecortada por la emoción, dijo:

—Señor, no sé si es V. hombre o demonio para imponer de esta suerte, solo contra todos, su voluntad a hombres valientes; para un soldado nada significa la muerte, cuando al frente del enemigo recibe una bala en medio del pecho; ya una vez he retrocedido delante de V., y no quiero hacerlo otra; máteme V. pues, pero no me deshonre.

—Me place oírlo hablar este lenguaje, don Felipe, replicó con frialdad el Rayo; el valor sienta bien en un militar; a pesar de sus instintos rapaces y de sus hábitos de bandido, veo con gusto que no carece V. de ánimo; no desespero pues de que tarde o temprano me quepa proporcionarle ocasión de desquitarse conmigo, si una bala, al cortar el hilo de su existencia, no interrumpe súbito la corriente de sus buenas intenciones. Ea, añadió el Rayo como tomando una resolución repentina, ordene V. a sus soldados, que están temblando como unas gallinas, que retrocedan una docena de pasos; voy a darle en el acto la satisfacción que desea.