—¡Que si lo estoy!
—Pues me parece que V. se equivoca.
—¿Qué quiere V. decir? ¿Acaso V. sabe algo?
—Sí sé, respondió el encapuchado, pues el Rayo soy yo, ladrón maldito.
Y antes que el oficial, aterrado por esta súbita e inesperada revelación, hubiese recobrado su presencia de ánimo, el Rayo le había cogido por una pierna, derribándole al suelo, se subió sobre su caballo, y empuñando dos revólveres de seis tiros cada uno que llevaba ocultos bajo sus hábitos, se precipitaba a escape sobre el destacamento, haciendo fuego con ambas manos a la vez y dando su terrible grito de guerra: ¡El Rayo! ¡El Rayo!
Los soldados, tanto y más sorprendidos que su jefe ante un ataque tan recio y tan imprevisto, se desbandaron y emprendieron la fuga en todas direcciones.
El Rayo, después de haber pasado por en medio de todo el destacamento, del que mató siete hombres y derribó el octavo de un pechugón de su caballo, paró de improviso a su cabalgadura, y después de haberse detenido por espacio de algunos minutos con ademán de reto a un centenar de pasos, al ver que los dragones no le perseguían y que lejos de acudir en auxilio de su jefe no pensaban sino en la fuga, volvió grupas y se encaminó hacia el sitio donde éste yacía tendido e inmóvil como un difunto.
—¡Eh! ¡señor oficial! le dijo apeándose, aquí está su caballo de V.; recóbrele, que le servirá para unirse a los suyos; en cuanto a mí ya no lo necesito, pues me voy al rancho, donde le aguardo si todavía conserva V. el deseo de prenderme y hacerme fusilar. Hasta mañana a las ocho de la mañana me encontrará V. a su disposición: adiós.
El Rayo saludó con la mano al oficial, se subió sobre su mula y se encaminó hacia el rancho, en él que efectivamente entró.
No es del caso añadir que el famoso personaje durmió a pierna tendida hasta que amaneció, sin que el oficial y los soldados, tan encarnizados en la persecución del mismo, se hubiesen atrevido a interrumpir su reposo; lo que hicieron éstos fue tomar la vuelta de Veracruz, sin mirar ni una vez hacia atrás.