—Pues bien, fray Pancracio, necesito de V., o más bien dicho, de su ministerio; en una palabra, se trata de confesar a un hombre que va a morir.

—¿Quién es?

—¿Conoce V. al Rayo?

—¡Virgen santa! ¿que si conozco al Rayo, señor oficial?

—Pues él es quien va a morir.

—¿Le han cogido Vds.?

—Todavía no, pero dentro de pocos minutos le habremos echado la garra; le estoy buscando.

—¿Y dónde se encuentra, si puede saberse?

—Allí, en aquel rancho que desde acá divisamos, respondió el oficial, inclinándose con agrado hasta el fraile y tendiendo el brazo en la dirección que indicaba a su interlocutor.

—¿Está V. seguro de lo que dice, ilustre señor?