EL destacamento partió rápido; los dragones, a quienes se les prometiera una cuantiosa recompensa si lograban llevar a buen fin la escabrosa expedición, iban dispuestos a cumplir con su deber, corridos de que por tan dilatado espacio de tiempo un sólo hombre les hubiese tenido en jaque y ardiendo en deseos de tomar el desquite.
No dos leguas del Paso del Macho los soldados encontraron un fraile jinete en mísera mula, el cual llevaba el capuchón derribado sobre el rostro, y al compás del trote de su montura mascullaba el rosario.
El jefe de la fuerza armada invitó al fraile a que se reuniese con los dragones, invitación que el religioso aceptó no de muy buena gana.
En el instante en que el destacamento, que caminaba un poco a la desbandada, iba a llegar al rancho, el fraile echó pie a tierra.
—¿Qué hace V., padre? le preguntó el jefe.
—Ya lo ve V., hijo mío, respondió aquél, me bajo de mi mula; mis negocios me llaman a un rancho más lejano; siga V. adelante; yo con su permiso me voy a mis quehaceres, dándole las gracias por haberse dignado honrarme con su compañía desde nuestro encuentro.
—Eso no, padre mío, dijo el jefe riendo cavernosamente; no podemos separarnos de esta suerte.
—¿Por qué, hijo mío? preguntó el fraile acercándose al oficial, mientras tiraba de la brida a su mula.
—Es muy sencillo, fray...
—Pancracio, para servir a V., dijo el religioso inclinándose.