Nadie era capaz de responder con certeza a estas preguntas, sin embargo de lo lacónicas; y esto que Dios sabe el prodigioso número de leyendas que respecto de él corrían de boca en boca.

Ahí en pocas palabras lo que de semejante individuo se sabía con más fijeza:

Hacia fines de 1857, el Rayo había parecido de improviso en la carretera que conduce de Méjico a Veracruz y encargándose de mantener el orden en ella, a su modo, se entiende. Detenía los convoyes y las diligencias, y protegía o ponía a contribución a los viajeros; es decir, en el segundo caso obligaba a los ricos a practicar una ligera sangría a su bolsillo a favor de sus compañeros menos favorecidos de la suerte y constreñía a los jefes de escolta a defender contra los ataques de los salteadores a los individuos a quienes estaban encargados de acompañar.

No había quien pudiese decir si el Rayo era joven o viejo, guapo o feo, castaño o rubio, pues nadie había visto nunca su rostro al descubierto. Por lo que hace a su nacionalidad, era imposible de todo punto adivinarla, pues con igual facilidad y elegancia hablaba el castellano y el francés, como el alemán, el inglés y el italiano.

Aquel misterioso personaje estaba perfectamente informado de todo cuanto ocurría en el territorio de la república; no sólo conocía los nombres y la representación social de los viajeros a quienes le placía detener, sino que respecto de ellos estaba al tanto de ciertas particularidades secretas que muy a menudo les ponían en zozobra.

Con todo, lo más singular del caso, mucho más de lo que hemos expuesto, es que el Rayo iba siempre solo y nunca vacilaba en cerrar el paso a sus adversarios, fuese cual fuese su número. El influjo que sobre éstos ejercía era tal, que su presencia era bastante para cortar toda intención de resistencia y una amenaza de él hacía correr un estremecimiento de terror por las venas de aquéllos a quienes iba dirigida.

Los dos presidentes de la república, mientras se hacían una guerra sin cuartel para suplantarse mutuamente, cada uno por sí había ensayado repetidas veces librar de caballero tan incómodo, y a su parecer competidor peligroso, los caminos; pero todas sus tentativas fueron vanas: el Rayo, no se sabe como, prevenido y perfectamente informado de los movimientos de los soldados enviados en su busca, se presentaba siempre de improviso delante de éstos, desbarataba sus ardides y les forzaba a retirarse vergonzosamente.

Sin embargo, una vez el gobierno de Juárez creyó haber acorralado al Rayo.

Supo dicho gobierno que el misterioso personaje hacía algunas noches las pasaba en un rancho no muy distante del Paso del Macho, y a este punto expidió inmediatamente y con el mayor sigilo un destacamento de veinte dragones, al mando de Carvajal, uno de los guerrilleros más sanguinarios y osados.

Carvajal tenía la orden de fusilar a su prisionero en cuanto le echara el guante, sin duda con el fin de no darle tiempo de intentar una evasión durante el trayecto del Paso del Macho a Veracruz.