—¡El Rayo! ¡El Rayo!
—Les interrogué a Vds., dijo el desconocido después de algunos segundos de espera.
Los cuarenta y tantos hombres que le rodeaban inclinaron la frente, y haciéndose atrás poco a poco ensancharon considerablemente el círculo, al parecer no muy deseosos de entablar conversación con aquel misterioso personaje.
Don Andrés recobró la esperanza: un presentimiento íntimo le advertía que la súbita llegada del enmascarado iba a cambiar sino del todo su posición, a lo menos a hacerla entrar en una fase más ventajosa para él; demás, le parecía, si bien no le era posible recordar dónde la oyera, conocer la voz del desconocido; así es que mientras los otros iban retrocediendo con temor, él, al contrario, se acercaba al recién llegado con solicitud instintiva, inconsciente.
El jefe de la escolta, don Jesús Domínguez, había desaparecido, emprendiendo vergonzosamente la fuga.
[IV]
EL RAYO
Por los días en que se desenvuelve la presente historia, vivía en Méjico un hombre que gozaba del privilegio de llamar sobre sí la curiosidad general, de atemorizar a todos, y lo que es más notable, de disfrutar de las simpatías de todos. Este hombre era el Rayo.
¿Quién era el Rayo? ¿de dónde venía? ¿qué hacía?