—¡Maldición! exclamó el guerrillero golpeando con el puño el pomo de su arzón; pero oye, gachupín del diablo, no creas que vas a salir librado a tan poca costa, pues aun cuando deba desollarte vivo, sabré dónde has escondido tus tesoros, te lo juro.
—Pruébelo V., replicó con ironía don Andrés volviéndose de espaldas al guerrillero.
El bandido acababa de revelarse; el coronel, después del exabrupto a que le llevara su avaricia, ya no tenía que guardar miramiento alguno para con aquel a quien pretendía despojar por modo tan audazmente cínico.
—Ello lo veremos, dijo; e inclinándose hasta el oído de don Jesús, le estuvo hablando durante algunos minutos.
Indudablemente los dos bandidos estaban concertando entre sí las medidas más eficaces para constreñir al español a revelar su secreto y a someterse a su voluntad.
—Don Andrés, dijo el coronel al cabo de un instante y con fisga nerviosa, ya que es como V. dice, sería para mí cargo de conciencia interrumpir su viaje; antes de tomar la vuelta de Veracruz iremos juntos hasta su hacienda del Arenal, donde podremos hablar de negocios más cómodamente que en este sitio; lo ruego pues se sirva subirse otra vez a la berlina, y anudar la marcha, máxime cuando su hechicera hija de V., Dolores, indudablemente necesita tranquilizarse.
El anciano, que comprendió el terrible alcance de la amenaza que acababa de dirigirle el bandido, palideció, fijó la mirada en el cielo e hizo un movimiento como para acercarse al coche; pero en el instante mismo se oyó un galope furioso, los soldados abrieron filas despavoridos y un jinete penetró a escape y como el huracán en medio del círculo que se había formado alrededor de la berlina.
Dicho jinete, que llevaba el rostro completamente cubierto con un velo negro, detuvo prontamente a su caballo, y fijando en el guerrillero los ojos, que brillaban cual encendidas brasas al través de los agujeros del velo que le ocultaba, preguntó con voz lacónica y amenazadora:
—¿Qué pasa aquí?
Con arranque instintivo el guerrillero tiró de la brida a su cabalgadura y, sin responder palabra, la hizo retroceder; los soldados y don Jesús Domínguez se santiguaron con terror y murmuraron: