Don Andrés, pues tal era en realidad su nombre, quedó aterrado al oír a don Felipe Neri Irzabal; pero no porque se sintiese culpado, pues la sustitución se había efectuado con el consentimiento del presidente; le perturbó la doblez de los hombres que le detenían, los cuales, a falta de otras razones, echaban mano de ésta para hacerle caer en un lazo infame a fin de apoderarse de una fortuna que hacía mucho tiempo codiciaban.
Con todo, don Andrés recobró su presencia de ánimo, y dirigiéndose de nuevo al guerrillero, dijo:
—Mire V. lo que hace, señor coronel; yo no soy un cualquiera, y no dejaré que se me expolie impunemente; en Méjico hay un embajador español que me amparará en mis derechos.
—No sé qué quiere V. decir, contestó imperturbablemente don Felipe; si se refiere V. al señor Pacheco, me parece que su protección le reportará poco provecho, ya que el caballero ese que se da el título de embajador extraordinario de la reina de España ha juzgado conveniente reconocer el gobierno del traidor Miramón. Nosotros, pues, nada tenemos que ver con él; su influjo con el presidente nacional es completamente nulo. Demás, no he venido para discutir con V., sino para arrestarle, y le arresto sobrevenga lo que sobreviniere. ¿Quiere V. rendirse o pretende acaso oponer una resistencia inútil? Responda V.
Don Andrés fijó la mirada en los hombres que le rodeaban, y comprendiendo que fuera de sus criados no podría esperar socorro o apoyo de nadie, dejó caer sus revólveres a sus pies, cruzó los brazos y dijo con voz firme:
—Cedo a la fuerza; pero ante todos los que me rodean protesto contra el acto de violencia de que soy víctima.
—Dueño es V., mi querido señor, de protestar cuanto quiera, repuso el coronel; a mí poco me importa. Luego dirigiéndose a don Jesús Domínguez, que tranquilo, impasible e indiferente había asistido a la escena que hemos descrito, añadió: sin pérdida de tiempo hay que registrar minuciosamente el equipaje y sobre todo los papeles del prisionero.
—Muy bien urdido, dijo el anciano encogiendo los hombros; por desgracia tarde piache, caballero.
—¿Qué quiere V. decir? preguntó don Felipe.
—Nada, sino que el dinero y los valores que Vds., pensaban hallar en mis maletas, no están; les conozco a Vds. demasiado, señor, para no haberme prevenido contra lo que en este instante me está pasando.