—¿Que V. me arresta? ¿Usted? exclamó el anciano; ¿y con qué derecho?

—¿Con qué derecho? repuso el coronel con fisga de mal agüero. ¡Vive Cristo! que de convenirme podría responder a V. que es con el derecho del más fuerte, y me parece que la razón sería perentoria.

—Efectivamente, replicó el viejo con voz burlona, y supongo que es la única que puede V. invocar.

—Pues se equivoca V., señor mío; no la invocaré; si le arresto es por espía y reo de alta traición.

—¿Está V. en su juicio, señor coronel? ¡Yo, espía y traidor!

—Hace ya mucho tiempo que el gobierno del excelentísimo señor presidente Juárez no le pierde a V. de vista, y como le han vigilado todos los pasos, se sabe por qué ha salido V. tan precipitadamente de Veracruz y qué le lleva a Méjico.

—Me dirijo a Méjico para asuntos comerciales, y esto lo sabe el presidente, como lo demuestra él que de propio puño haya firmado mi salvoconducto y él que voluntariamente y sin que yo la solicitase me haya cedido la escolta que me acompaña.

—Verdad es cuanto V. dice, señor; nuestro magnánimo presidente, a quien siempre repugnan las medidas rigurosas, no quería hacerle arrestar, sino que en consideración a las canas que V. peina, prefería dejarle los medios de escaparse; pero la última traición de V. ha llenado la medida, y aunque de mala gana ha conocido la necesidad de obrar con mano fuerte. Aquí donde me ve, yo he recibido la orden de perseguir y arrestar a V., y le arresto.

—¿Y podría saber de qué traición se me acusa?

—Señor don Andrés de la Cruz, respondió el coronel, nadie como V. debe saber los motivos que le han inducido a sustituir su nombre con él de don Antonio de Carrera.