La berlina se había detenido en una especie de plataforma de unos cien metros cuadrados; don Antonio tendió una mirada fuera del coche y continuó viendo la escolta alrededor de éste; lo único que notó fue que en lugar de veinte jinetes había cuarenta.

El anciano comprendió que se encontraba cogido en una emboscada, que el resistir sería locura, y que para salvarse no le cabría sino someterse. No obstante, como a pesar de su edad estaba todavía en el pleno de sus fuerzas y tenía el carácter enérgico y el alma resuelta, no se dio por vencido de buenas a primeras, sino que determinó sacar el mejor partido posible de su enojosa posición.

Después de haber besado con ternura a su hija, y recomendado que permaneciese inmóvil y para nada interviniese en lo que iba a pasar, en lugar de quedarse en la berlina, don Antonio abrió la portezuela y se apeó con ligereza empuñando un revólver en cada mano.

Los soldados, aunque sorprendidos de esta acción, no hicieron ademán alguno para oponerse a ella y guardaron impasibles el orden de formación en que se encontraban.

Por lo que toca a los cuatro criados del viajero, acudieron sin vacilación a colocarse detrás de éste, con la carabina preparada y prontos a hacer fuego a la primera orden de su amo.

Sánchez había dicho la verdad: don Jesús Domínguez llegaba al galope, pero no solo, sino acompañado de otro jinete.

Este último, que vestía suntuoso uniforme de coronel del ejército regular, era hombre de baja estatura, rechoncho, de facciones lúgubres, bizco y de piel que por su color cobrizo descubría al indio de pura raza.

En el mencionado lúgubre personaje, a quien el viajero viera dos o tres veces en Veracruz, conoció éste inmediatamente a don Felipe Neri Irzabal, uno de los jefes guerrilleros del partido de Juárez; así es que no sin estremecerse de terror aguardó don Antonio la llegada de los dos jinetes. Sin embargo, cuando éstos se encontraron a pocos pasos de la berlina, en lugar de permitirles que le interrogasen, fue él quien primero tomó la palabra.

—¡Hola, caballeros! exclamó con voz altanera, ¿qué significa esto y por qué me obligan Vds. a interrumpir de esta suerte mi viaje?

—Va V. a saberlo, querido señor, respondió con zumba el guerrillero, y para que desde luego sepa a qué atenerse, en nombre de la patria le arresto.