Entonces se comunicaron de fila en fila y con rapidez algunas órdenes, los soldados se alinearon, las músicas de los regimientos y las bandas de tambores y cornetas dejaron oír sus acordes, el presidente pasó con lentitud por el frente de banderas y empezó la revista.
Los soldados, a quienes la muchedumbre había comunicado su entusiasmo, parecían estar llenos de ardor, y al paso del presidente le adamaban a porfía.
La inspección que pasó el general fue severa y concienzuda; no fue una de esas revistas de parada que los gobernantes ofrecen de cuando en cuando al pueblo para divertirle; al salir de la ciudad, aquellas tropas iban a marchar en derechura al campo de batalla, y de consiguiente se trataba de saber si estaban realmente en estado de hacer frente al enemigo ante el cual debían encontrarse pocas horas después.
Las órdenes de Miramón habían sido ejecutadas con toda escrupulosidad; los soldados estaban bien armados y daba gusto ver su actitud marcial.
Una vez el presidente hubo pasado por delante de las filas dirigiendo acá y allá la palabra a los soldados a quienes conocía o simulaba conocer, antiguo ardid que siempre da buenos resultados porque halaga el amor propio del soldado, se colocó en una de las plazoletas del paseo y ordenó varías maniobras a fin de cerciorarse del grado de instrucción de las tropas, y aun cuando algunas de ellas eran difíciles, tuvo la satisfacción de verlas ejecutadas con una precisión de conjunto por demás satisfactorio.
El presidente felicitó calurosamente a los jefes de los cuerpos, y luego empezó el desfile, yendo las tropas a ocupar sus primeras posiciones, donde levantaron un campamento provisional.
Miramón, que no quería fatigar inútilmente a sus soldados obligándoles a marchar expuestos a los ardorosos rayos del sol, resolvió no salir de Méjico hasta la caída de la tarde.
Entre los oficiales que componían el estado mayor del presidente y que con él regresaron a palacio, estaban don Melchor de la Cruz, don Antonio Cacerbar y don Jaime.
Don Melchor, por más que se admirara de ver en uniforme militar a aquél a quien conocía solamente por don Adolfo, y al cual hasta entonces le supusiera ocupado en hacer el contrabando, le saludó sonriendo con ironía, a cuyo saludo correspondió don Jaime por modo serio y apartándose para no trabar conversación con semejante individuo.
En cuanto a don Antonio, como nunca había visto a don Jaime a rostro descubierto, no reparó en él.