Mientras el presidente entraba en palacio, el aventurero, que se detuviera en la plaza Mayor, se había apeado y reunido al conde del Saulay y a Domingo, a quienes citara para aquel punto, y los cuales no le hubieran conocido a no tomar aquél la precaución de encaminarse a su encuentro.

—¿Sale V. con el ejército? le preguntaron los dos jóvenes.

—Sí, amigos míos, pero pronto estaré de vuelta, respondió don Jaime; por desgracia la campaña será corta. Durante mi ausencia, les recomiendo que redoblen la vigilancia; no pierdan de vista la casa de mi hermana, pues uno de nuestros enemigos se queda aquí.

—¿Solamente uno? preguntó Domingo.

—Sí, pero es el más temible de los dos: aquel a quien tan torpemente salvaste la vida.

—Le conozco; pero que se vaya con mucho tiento, repuso el joven.

—¿Y don Melchor? preguntó el conde.

—Este no nos molestará más, respondió don Jaime con acento singular. ¡Ea! mis queridos amigos, velen Vds. atentamente y no se dejen sorprender.

—En caso necesario recabaremos la ayuda de León Carral y la de nuestros criados.

—Será lo más acertado, y tal vez obrarían ustedes más cuerdamente todavía alojándoles en la casa de doña María. Ahora separémonos, tengo que hacer en palacio. Hasta la vista.