—Esto pido, señor, replicó el aventurero. ¿Entre otras cosas no me dijo V. que tenía el designio de dirigirse a la hacienda del Arenal, y que si no se desviaba de su camino que conduce directamente hacia Méjico, era porque temía extraviarse en una tierra a la que V. no conocía y en la que dudaba encontrar quien fuese capaz de ponerle nuevamente sobre la pista?
—Efectivamente, caballero.
—Pues bien, las cosas se simplifican extraordinariamente.
—¿Y eso?
—Mire enfrente de V., señor conde, ¿qué ve V.?
—Un magnífico edificio con todo el aspecto de una fortaleza.
—Pues el edificio ese es la hacienda del Arenal.
—¿De veras? ¿No me engaña V.? preguntó el conde.
—¡Para qué! respondió suavemente el aventurero.
—¡Oh! de esta suerte la sorpresa resulta buena cosa más agradable que no supuse.