—Muy descontentadizo sería, respondió el joven a quien acababan de dar el tratamiento de conde; he recorrido Suiza, Italia y las márgenes del Rhin, y confieso que nunca he presenciado las deliciosas perspectivas que de algunos días a esta parte y gracias a V. tengo el placer de presenciar.

—Está V. amabilísimo; el paisaje es magnífico en efecto y sobre todo muy variado, añadió el primero con expresión sardónica que pasó inadvertida a su compañero; sin embargo, continuó, ahogando un suspiro, los he visto más hermosos.

—¿Más hermosos que éste? preguntó el conde extendiendo el brazo y trazando un semicírculo en el aire; no es posible, caballero.

—Todavía es V. joven, señor conde, repuso el primer interlocutor sonriendo tristemente; los viajes que ha hecho V. como aficionado no son sino viajes de niño. Éste le cautiva por el contraste que forma con los otros; V., que sólo ha estudiado la naturaleza desde las butacas de la ópera, ignoraba que ésta pudiese reservarle tales sorpresas, y de ahí que su entusiasmo haya de repente subido a un diapasón que le embriaga al contemplar los singulares contrastes que incesantemente se ofrecen a sus miradas; pero si, como yo, hubiese V. recorrido las altas sabanas del interior, las inmensas praderas por las que vagan en libertad los salvajes hijos de esta tierra, a quienes la civilización ha despojado, los sitios que le rodean y que con tanto amor está admirando no le inspirarían sino una sonrisa de desdén.

—Tal vez sea verdad lo que V. dice, Oliverio, contestó el joven; pero por desgracia no conozco las sabanas y las praderas de que me habla y es probable que nunca las pise.

—¿Por qué? replicó con viveza Oliverio; es usted joven, rico, vigoroso y a mi ver completamente libre; luego nada se opone a que lleve a cabo una excursión al gran desierto americano, máxime cuando para poner en ejecución este proyecto trae V. cuanto se necesita. De hacerlo, habrá V. efectuado uno de esos viajes juzgados imposibles y del cual podrá enorgullecerse al regresar a su patria.

—Bien lo quisiera, repuso el conde con ligera amargura; pero por desgracia mi viaje debe terminar en Méjico.

—¡En Méjico! exclamó Oliverio con admiración.

—Sí; sujeto al influjo de una voluntad extraña, no soy dueño de mis acciones. He venido pura y sencillamente para casarme.

—¡Qué! ¿para casarse ha venido V. a Méjico, señor conde? repuso Oliverio como quien ve visiones.