—Y de un modo prosaico, con una mujer a quien no conozco ni me conoce y que de fijo siente por mí tan poco amor como yo siento por ella; estamos emparentados, desde la cuna nos desposaron, y ha llegado el momento de cumplir la promesa hecha en nuestro nombre por nuestros padres.
—¿Luego es francesa la joven con quien va usted a casar?
—No, es española, y aun diré un sí es no es mejicana.
—¿Pero no es V. francés?
—Y de la Turena, respondió el conde sonriendo.
—Entonces, y dispénseme V. la pregunta, ¿cómo es que...?
—Es lo más natural del mundo; y como la historia no es larga y parece V. dispuesto a escucharla, voy a contársela en dos palabras. V. ya sabe que soy el conde Luis Mahiet del Saulay; mi familia, oriunda de Turena, es una de las más antiguas de esta provincia, tanto, que se remonta a los primeros francos. Según la tradición, uno de mis antepasados fue uno de los leudos del rey Clodoveo, quien le donó en pago de sus grandes y leales servicios vastas praderas rodeadas de sauces de donde tiempo después mi familia tomó su apellido. No le cito a V. este origen movido de necio orgullo, pues aunque noble de hecho y armado como tal, a Dios gracias me han inculcado ideas de progreso suficientemente latas para conocer lo que vale un título en la época presente y descubrir que la verdadera nobleza reside en absoluto en la elevación de sentimientos. Sin embargo, le he puesto al corriente de estas particularidades referentes a mi familia para que por modo claro comprendiese V. como mis antepasados, que siempre han desempeñado encumbrados destinos en las diversas dinastías que han ocupado el trono de Francia, llegaron a pertenecer a la rama segunda de una familia española en tanto permanecía francesa la rama primogénita. En tiempo de la Liga, los españoles llamados por los partidarios de los Guisas con los cuales se habían aliado contra Enrique IV, a quien no apellidaban todavía rey de Navarra, por largo espacio de tiempo estuvieron encargados de guarnecer la ciudad de París. Dispénseme si desciendo a pormenores que usted tal vez estime ociosos.
—Al contrario, señor conde, repuso Oliverio, me interesan sobremanera; hágame V. el favor de continuar.
—Como decía, prosiguió el joven, el conde del Saulay que vivía en aquel entonces, era fogoso secuaz de los Guisas, amigo íntimo del duque de Mayena, y tenía tres hijos, dos de ellos varones, que servían en las filas del ejército de la Liga, y una hija, camarista de la duquesa de Montpensier, hermana del duque de Mayena. El sitio de París fue largo, y aun levantado para anudarlo de nuevo Felipe IV, el cual acabó por comprar con dinero contante y sonante la ciudad de que desesperaba apoderarse y que le vendió el duque de Brissac, gobernador de la Bastilla por la Liga. Es de advertir que gran número de oficiales del duque de Mendoza, jefe de las tropas españolas, y aun éste mismo, tenían consigo a sus familias. En una palabra, el hijo menor de mi antepasado se enamoró de una de las sobrinas del general español y pidió y obtuvo su mano, al par que su hermana, a instancias de la duquesa de Montpensier consentía en entregar la suya a uno de los ayudantes de campo del general; y es que la solapada y política duquesa imaginaba, por medio de estas alianzas, apartar la nobleza francesa de aquél a quien ella apellidaba el Bearnés y el hugonote, y hacer sino imposible su triunfo, cuando menos retardarlo. Como indefectiblemente sucede en casos tales, los cálculos de la duquesa salieron fallidos; el rey reconquistó sus dominios y los nobles más comprometidos en los disturbios de la Liga se vieron constreñidos a seguir a los españoles en su retirada, y con ellos abandonar a Francia. Mi antepasado logró fácilmente su perdón del rey, quien más adelante se dignó conferirle un mando de importancia y admitir a su servicio al primogénito de aquél; el menor, empero, a pesar de los ruegos y de las órdenes de su padre, no quiso regresar nunca más a Francia, y se estableció definitivamente en España. Con todo, aunque separadas, las dos ramas de la familia continuaron cultivando sus relaciones y aliándose entre sí. Mi abuelo casó, durante la emigración, con una mujer de la rama española, al igual que yo voy a efectuarlo en la actualidad. Ya ve V. cuan prosaico es esto y cuan poco interesante.
—¿Y V. consentirá en unirse a ojos cerrados, por decirlo así, con una mujer a quien nunca ha visto, ni siquiera conoce?