—¿Qué quiere V.? Además mi consentimiento es inútil en este asunto; mi padre se comprometió solemnemente, y no me cabe sino honrar su palabra. Mi presencia acá demuestra que estoy dispuesto a hacerlo, añadió el joven sonriendo. De poder obrar con entera libertad, tal vez no hubiera yo pactado semejante unión; pero como por desgracia esto no dependía de mí, he debido conformarme con la voluntad de mi padre. Sin embargo, confieso a V. que educado como he sido en la continua perspectiva de ese matrimonio y sabiendo que era inevitable, poco a poco me he ido familiarizando con la idea de contraerlo; así pues el sacrificio no es para mí tan grande como pudiera V. imaginar.
—No importa, repuso Oliverio con cierta aspereza; llévese el diablo la nobleza y el dinero si tales obligaciones imponen; vale más la vida aventurera en el desierto y la independencia pobre; a lo menos uno es dueño de sí.
—Abundo en las mismas ideas; pero a pesar de esto, no me queda sino bajar la cabeza. Ahora permítame que le dirija una pregunta: ¿Cómo se explica que habiéndonos V. y yo encontrado por querer del acaso en la fonda francesa de Veracruz, en el momento de mi llegada a esta ciudad, hayamos simpatizado tan rápida e íntimamente?
—Imposible me sería decírselo a V.; su presencia me gustó a la primera mirada y sus modales me atrajeron; le ofrecí mis servicios, V. aceptó, y juntos nos pusimos en camino para Méjico, una vez en la cual nos separaremos probablemente para siempre.
—No tanto, don Oliverio, no tanto; a mí se me antoja que, muy al revés de lo que V. predice, vamos a vernos con frecuencia y que nuestras relaciones van a convertirse pronto en estrecha amistad.
—Señor conde, repuso Oliverio moviendo repetidas veces la cabeza, V. es noble, rico y ocupa una elevada posición en la sociedad; yo no soy sino un aventurero cuyo pasado ignora V. y cuyo nombre apenas conoce, dando por sentado que él que llevo en este instante sea el mío verdadero; nuestras posiciones respectivas son muy distintas: entre V. y yo existe una línea de demarcación demasiado claramente trazada para que podamos tratarnos de tú a tú. Al encontrarnos de nuevo en medio de las exigencias de la vida civilizada, a no tardarme convertiría en una carga para V.; y esto se lo digo yo, que tengo más edad y más experiencia que no usted respecto del mundo; no insista pues en este punto, y en provecho de los dos permanezcamos cada uno en el sitio que nos corresponde. En la actualidad más soy guía que no amigo, y esta posición es la única que me conviene.
El conde se disponía a replicar a Oliverio, pero éste le asió el brazo con viveza y le dijo:
—Silencio, escuche V.
—Nada oigo, dijo el joven después de haber prestado atención por espacio de algunos segundos.
—No es extraño, repuso Oliverio sonriendo, sus oídos no recogen como los míos todos los ruidos que turban la quietud del desierto: del lado de Orizaba se acerca a todo correr un coche que sigue el mismo camino que nosotros; pronto le verá V. parecer; percibo claramente el retintín de los cascabeles de las mulas.