—Será la diligencia de Veracruz, en la que van mis criados y mis equipajes y a la que precedemos de algunas horas.
—Tal vez, pero me admiraría de que nos hubiese alcanzado tan pronto.
—¿Qué nos importa? dijo el conde.
—Nada en verdad si realmente es la diligencia, respondió el otro tras unos instantes de reflexión; pero por lo que pudiera tronar, bueno es precavernos.
—¡Precavernos! ¿y por qué? repuso el joven con extrañeza.
Oliverio lanzó una mirada de expresión singular a su interlocutor, y respondió:
—Todavía no sabe V. la A de la vida americana: en Méjico la primera ley de la existencia es prevenirse contra las eventualidades probables de una emboscada. Sígame V. y obre conforme me vea obrar.
—¿Vamos a escondernos acaso?
—¡Caramba! exclamó Oliverio encogiendo los hombros.
Y sin proferir nueva palabra, se acercó éste a su caballo, le puso otra vez la brida y se subió sobre la silla con ligereza y garbo que denotaban grandísima práctica, y luego partió al galope hacia un bosquecillo de liquidámbares que se hacía a unos cien metros de distancia.