El conde, dominado a pesar suyo por el ascendiente que Oliverio había tomado sobre él a causa de la singular conducta que observara desde que viajaban juntos, a su vez montó a caballo y se encaminó hacia el bosque.

—Ahora aguardemos, dijo el aventurero cuando ambos estuvieron al abrigo de los árboles; y al cabo de algunos minutos tendió el brazo en dirección del bosquecillo que ellos mismos abandonaron dos horas antes, y añadió lacónicamente: mire V.

El conde volvió maquinalmente la cabeza hacia la dirección indicada y vio salir de entre los árboles unos diez jinetes de tropas irregulares armados de sables y lanzas, quienes penetraron a galope en el valle y tomaron hacia el primer desfiladero de las Cumbres.

—¡Soldados del presidente! ¿qué significa esto? murmuró el joven.

—Aguarde V., repuso el aventurero.

Pronto se oyó claramente el rodar de un carruaje y casi al punto pareció una berlina arrastrada vertiginosamente por un tiro de seis mulas.

—¡Maldición! exclamó el aventurero con ademán de cólera al ver el coche.

El conde miró a su compañero, el cual estaba pálido como un difunto y temblaba convulsivamente de pies a cabeza, y le preguntó con interés:

—¿Qué tiene V.?

—Nada, respondió con aspereza Oliverio.