Detrás del coche, a corta distancia y al galope, seguía otro pelotón que a su paso levantaba nubes de polvo.
Luego jinetes y berlina se internaron en el desfiladero en el cual no tardaron en desaparecer.
—¡Diablo! dijo el joven riendo, a eso llamo yo viajeros prudentes; no hay temor de que los salteadores les desbalijen.
—¿Le parece? repuso Oliverio con ironía mordaz. Pues mire V., se equivoca de medio a medio; antes de una hora se verán atacados, y probablemente por los soldados pagados para que les defiendan.
—¡Bah! es imposible.
—¿Quiere V. verlo?
—Hombre, sí; por la rareza del caso.
—Lo único que le advierto es que ande V. prevenido, pues tal vez tengamos que quemar algunos cartuchos.
—Ya lo supongo.
—¿Luego está V. dispuesto a defender a los viajeros de la berlina?