—Si les atacan, sí.
—Repito que les atacarán.
—Entonces lucharemos.
—Está bien, ¿Es V. buen jinete?
—No se desasosiegue V. por mí.
—Entonces a la buena de Dios. No nos queda sino el tiempo indispensable para llegar; vigile V. bien su caballo, porque por mi alma le juro que vamos a dar una carrera como nunca ha visto V.
Los dos jinetes se inclinaron sobre el cuello de sus cabalgaduras, y soltando la brida al mismo tiempo que hundían las espuelas, se lanzaron tras las huellas de los viajeros.