En la época en que se desenvuelve nuestra historia, Méjico pasaba una de esas crisis terribles, cuyas repeticiones periódicas han reducido poco a poco a esta desventurada nación al extremo en que hoy se encuentra y del que no tiene fuerzas para salir[1]. Ahí en dos palabras los hechos tal cual acaecieron.

El general Zuloaga, nombrado presidente de la república, un día, no se sabe por qué, halló la carga del poder demasiado pesada para sus hombros y abdicó a favor del general D. Miguel Miramón, quien, en virtud de tal abdicación, fue exaltado a la presidencia interina. Éste, enérgico y sobre todo muy ambicioso, había empezado a gobernar en Méjico, cuidando ante todo de hacer aprobar su nombramiento de supremo magistrado de la nación por el Congreso y por el Ayuntamiento, que le eligieron por unanimidad.

Miramón se encontraba, pues, de hecho y de derecho presidente interino legítimo, o si decimos para el tiempo que todavía faltaba discurrir antes de las elecciones generales.

Bien o mal y durante no corto periodo de tiempo, marcharon de esta suerte los asuntos; pero Zuloaga, cansado sin duda de la oscuridad en que vivía, a lo mejor mudó de consejo, y de improviso y en el momento en que menos lo pensaban los mejicanos, dio una proclama al pueblo, se puso en connivencia con los partidarios.

Miramón, a quien no hizo gran mella esta insólita declaración, apoyado como estaba en el derecho que creía asistirle y que el Congreso había sancionado, se encaminó solo a casa del general Zuloaga, se apoderó de él y le obligó a seguirle, diciéndole con burlona sonrisa:

—Ya que V. desea recobrar el poder, voy a enseñarle de qué modo se llega a presidente de la república.

Y conservándole en rehenes, al par que le trataba con cierta consideración y con exquisita finura, le obligó a acompañarle en una campaña que emprendió en las provincias del interior, del lado de Guadalajara, contra los generales del partido contrario que, como hemos manifestado ya, habían tomado el nombre de constitucionales.

Zuloaga no opuso la menor resistencia; pareció resignarse con su suerte y aceptó las consecuencias de su posición hasta el extremo de quejarse a Miramón porque no le confería un mando en su ejército. El presidente interino cayó en el lazo y prometió a aquél que al librarse la primera batalla satisfaría sus deseos; pero a lo mejor, Zuloaga y los ayudantes de campo que le dieran, más para vigilarle que para hacerle los honores de general, desaparecieron de súbito, sabiéndose al cabo de algunos días que se habían acogido al amparo de Juárez, desde donde Zuloaga empezó a protestar de nuevo y con la mayor energía contra la violencia de que fuera víctima y a expedir decretos contra Miramón.

Juárez era un indio cauteloso, astuto y disimulado hasta la exageración; político hábil, fue el único presidente de la república que desde la declaración de la independencia no perteneció al ejército. Nacido en humildísima cuna, a fuerza de tenacidad se elevó escalón a escalón a la suprema magistratura, y conocedor como él que más del carácter de la nación a la cual pretendía gobernar, nadie como él sabía halagar las pasiones populares, excitar el entusiasmo de la plebe. Dotado de una ambición desmedida que escondía cuidadosamente bajo las apariencias de un amor entrañable por su patria, había conseguido crearse poco a poco un partido, formidable en la época de que hablamos. El presidente constitucional había organizado su gobierno en Veracruz, y desde su gabinete y con ayuda de sus generales guerreaba contra Miramón.

Juárez, aunque no reconocido por otra potencia que los Estados Unidos, obraba cual si hubiese sido el verdadero y legítimo depositario del poder de la república; la adhesión de Zuloaga, a quien despreciaba desde lo íntimo de su corazón por su cobardía y por su ineptitud, le proporcionó el arma que necesitaba para llevar sus proyectos a feliz remate; le convirtió, digámoslo así, en bandera de su partido, pretendiendo que Zuloaga debía ante todo ser repuesto en el poder de que se viera violentamente arrebatado por Miramón, y que luego se procediese a nuevas elecciones. Por su parte, Zuloaga no titubeó en reconocerle solemnemente como presidente único, legítimamente proclamado por la elección libre de sus ciudadanos.