El problema estaba planteado con toda claridad: Miramón representaba al partido conservador, o si decimos al partido del clero, de los propietarios más acaudalados y de los comerciantes ricos; Juárez al partido democrático absoluto.
La guerra tomó entonces proporciones formidables.
Por desgracia para guerrear se necesita dinero y esto era lo que faltaba completamente a Juárez; el cual carecía de él por las razones que van de seguida: en Méjico la fortuna pública no está concentrada en las manos del gobierno, sino que cada Estado, cada provincia dispone y maneja los fondos particulares de las poblaciones que constituyen su territorio, de modo que en lugar de depender del gobierno las provincias, el gobierno y la metrópoli son los que sufren el yugo de éstas; las cuales, cuando se sublevan, suspenden los subsidios y colocan al poder en una situación crítica. Demás, las dos terceras partes de la fortuna pública están concentradas en manos del clero, que se guarda muy bien de desprenderse de sus riquezas. Éste, que no paga impuesto ni obligación de ninguna especie, se limita a prestar su dinero a un tipo usurario, con lo que aumenta sus riquezas sin que nunca corra riesgo de perder su capital.
Juárez, si bien dueño de Veracruz, se encontraba pues en situación muy apurada; pero como era hombre fecundo en medios, el hallar dinero no le puso en aprieto. Lo primero que hizo fue apoderarse de la aduana de dicha ciudad, luego organizó cuadrillas o guerrillas que sin escrúpulo alguno asaltaban las haciendas de los secuaces de Miramón, españoles establecidos en la república, ricos casi todos ellos, y las de los extranjeros de todas las naciones en las moradas de los cuales había donde clavar las uñas. Las mencionadas guerrillas no limitaron ahí sus hazañas, sino que extendieron el campo de sus operaciones a los caminos, desbalijando a los viajeros y asaltando los convoyes.
No vigorizamos los colores del cuadro, muy al contrario, los suavizamos; más para ser justos, debemos añadir que por su lado Miramón no ponía reparo en echar mano de los mismísimos medios siempre que se le ofrecía ocasión propicia, si bien tales ocasiones eran raras, ya que su posición no ofrecía las ventajas que la de Juárez para sacar abundante pesca de aquel río revuelto.
Cierto es que los guerrilleros al parecer obraban por su propia cuenta y que públicamente su conducta merecía la reprobación de ambos gobiernos, que en ocasiones fingían perseguirlos hasta con crueldad, pero el velo era tan transparente que nadie se llamaba a engaño.
De esta suerte Méjico se encontraba transformado de hecho en una inmensa caverna de bandidos, en la que la mitad de la población robaba y asesinaba a la otra mitad. Tal era la situación política de aquella desventurada nación en la época a que nos referimos; después, es dudoso que haya cambiado, a no ser para empeorar[2].
El día mismo en que da comienzo nuestra historia, en el momento en que el sol todavía debajo del horizonte empezaba a rayar el oscuro azul del firmamento con deslumbradores haces de púrpura y oro, un rancho, labrado de cañas y aunque vasto parecido a una jaula de gallinas, ofrecía un aspecto animadísimo muy singular en hora tan matinal.
El mencionado rancho, construido en medio de un campo feraz y en situación deliciosa a contados pasos del Rincón Grande, hacía poco lo habían transformado en venta para refugio de los viajeros a quienes les sorprendiera la noche o que, por la razón que fuere, preferían detenerse en ella en vez de continuar hasta la ciudad.
En un espacio de terreno bastante capaz que delante de la venta habían dejado libre se veían amontonados en semicírculo los fardos de muchos convoyes de mulas, y en el centro del semicírculo, los arrieros, acurrucados alrededor de una fogata, acecinaban tasajo para su almuerzo o remendaban las albardas de sus animales que, distribuidos en grupos, comían su pienso de maíz colocado sobre frazadas tendidas en el suelo. Al lado de una diligencia que por causa de una avería en una de sus ruedas tuvo que detenerse en la venta, se veía una berlina atestada de maletas. Gran número de viajeros, que habían pasado la noche al raso envueltos en sus sarapes, empezaban a despertarse, mientras otros iban de acá para allá fumando sendos papelitos; otros, más activos, habían ya ensillado sus caballos y se alejaban al galope en distintas direcciones.