Poco después, el mayoral de la diligencia salió de debajo de su coche donde durmiera escondido en la hierba, echó pienso a sus mulas, curó las heridas que a éstas produjeran los arreos, las unció, y luego se puso a llamar uno a uno a los viajeros; los cuales, despertados por los gritos de aquél, salieron todavía medio dormidos de la venta y se encaminaron a ocupar su sitio en la diligencia. Dichos viajeros eran nueve, y de ellos solamente dos vestían a la europea y a tiro de ballesta se descubría que eran franceses. Los demás ostentaban el traje mejicano y parecían ser verdaderos hijos del país.
En el momento en que el mayoral, americano del norte de pura raza, después de haber logrado, a fuerza de reniegos yankees entreverados de español chapurrado, encajonar bien o mal a los viajeros, empuñó las riendas para emprender la marcha, se oyó el galopar de muchos caballos acompañado de chischás de sables, y una tropa de jinetes vestidos casi a lo militar, aunque muy desastradamente, se detuvo delante del rancho. Dicha tropa, compuesta de unos veinte hombres de facha patibularia, iba al mando de un alférez o subteniente tan miserablemente vestido como sus soldados, pero mucho más bien armado.
Dicho oficial era de elevadísima estatura, enjuto de carnes, amojamado y nervioso, bizco, de fisonomía socarrona, y de color de hollín.
—¡Hola, compadre! gritó al mayoral, temprano se pone V. en camino.
El yankee, tan insolente pocos minutos antes, cambió súbitamente de modales; se inclinó humildemente, contrajo los labios a impulsos de la risa del conejo, y con voz lánguida y meliflua y afectando una alegría que probablemente no experimentaba, respondió:
—¡Válgame Dios! Es el señor don Jesús Domínguez. ¡Vaya un feliz encuentro! no esperaba yo tamaña dicha esta mañana. ¿Acaso viene su señoría para escoltar la diligencia?
—Hoy no; otro deber me trae.
—Razón tiene su señoría; mis viajeros no merecen una escolta tan honorable; son costeños al parecer no muy ricos. Además, me veré obligado a detenerme a lo menos tres horas en Orizaba para recomponer mi coche.
—Entonces adiós y el diablo cargue contigo, repuso el oficial.
El mayoral vaciló un instante, luego, en vez de obedecer la orden de marcha, se bajó rápidamente de su asiento y se acercó al alférez, quien preguntó: