—¿A tal extremo han llegado ya las cosas? preguntó el conde.

—Todo ha concluido, respondió don Jaime; Méjico se ha rendido a los juaristas.

—En fin, que se arreglen como puedan; esto no nos atañe.

—Hasta ahora, dijo el duque, no veo qué papel nos toca desempeñar en este drama.

—Voy a decírselo a Vds., repuso don Jaime. Miramón cree poder contar con los mil quinientos hombres que componen su escolta; pero yo estoy persuadido de lo contrario. Los soldados le quieren, es cierto, pero detestan a ciertos personajes que parten con él; y como me consta que se han hecho proposiciones a las tropas para que éstas los entreguen, temo que se dejen convencer y que por la misma causa Miramón caiga prisionero.

—Que es lo que probablemente sucederá, dijo el conde moviendo la cabeza.

—Pues ahí lo que yo quiero evitar, dijo don Jaime con energía, y para ello cuento con ustedes.

—Hace V. bien, profirió Luis.

—No podía V. elegir con más acierto, añadió el duque.

—Perfectamente, continuó don Jaime; de este modo Vds., yo, López, León Carral y los dos criados formamos un efectivo de siete hombres decididos, con quienes será menester contar en el caso de que las circunstancias se presenten desfavorables; demás, la calidad de extranjeros que les ampara a Vds. y el cuidado que han puesto en vivir retirados, nos permitirán coronar nuestra obra, ocultando al general en esta casa.