El general Miramón rodeado de un grupo bastante numeroso de oficiales que habían permanecido fieles a su causa, o que demasiado comprometidos para esperar que el vencedor les concediese buenas condiciones, preferían acompañarle en su fuga a quedarse en la ciudad, fingía una tranquilidad y un buen humor que estaba muy lejos de sentir; hablaba con notable soltura, defendiendo sin acritud los actos de su gobierno y despidiéndose, sin dirigir reproche ni recriminación, de aquéllos que por egoísmo le habían abandonado y ocasionado su caída.

—¡Ah! profirió Miramón al divisar a don Jaime y encaminándose hacia él, ¿conque se viene V. decididamente conmigo? Temí que mudase V. de consejo.

—Está V. muy amable, dijo don Jaime riéndose.

—No tome V. a mal mis palabras, repuso el general.

—La prueba de que le acompaño a V. es que le traigo dos amigos que a toda costa quieren seguirle.

—Gracias mil, profirió Miramón; dichoso el hombre que al caer de tan alto puede contar con amigos que le suavicen la caída.

—De esto no puede V. quejarse, general, dijo el conde haciendo una profunda reverencia, porque amigos no le faltan.

—En efecto, murmuró Miramón tendiendo una triste mirada a su alrededor, todavía no me encuentro solo.

Por espacio de algún tiempo la conversación continuó rodando sobre este tema, hasta que dio la una en el Sagrario.

—Partamos, señores, dijo Miramón levantándose y en voz firme, ha llegado la hora de salir de la ciudad.