—Que toquen marcha, gritó un oficial.
Las cornetas dieron la señal, los soldados se subieron a caballo y formaron filas, y la multitud se refugió en los portales.
Luego se restableció la calma como por encanto y sobre aquella plaza inmensa llena de una compacta muchedumbre y materialmente empedrada de cabezas, se cernió un silencio de muerte.
Miramón estaba erguido y firme en su caballo, en medio de sus tropas; don Jaime y sus compañeros habían tomado sitio entre el estado mayor que rodeaba al general.
Después de un momento de perplejidad, el presidente dirigió una triste y postrer mirada al sombrío y silencioso palacio presidencial, en él que no brillaba luz alguna, y luego dio en voz potente la orden de marcha.
Las tropas se pusieron en movimiento, y a compás y de todas partes partieron gritos de ¡viva Miramón!
—Ya me echan de menos, dijo éste inclinándose hasta el oído de don Jaime, y eso que aún no he partido.
Las tropas atravesaron lentamente la ciudad, seguidas de la multitud, que al rendir este último tributo al presidente caído, parecía como si quisiese demostrarle la estimación en que le tenía personalmente.
Por fin a las dos de la madrugada se encontraron los expedicionarios en campo raso, y pronto la ciudad no apareció sino como un punto luminoso en el horizonte.
Las tropas marchaban tristes y silenciosas, y buen rato hacía que emprendieran la caminata, cuando prontamente pareció que en las filas reinase una agitación sorda.