Lo primero que, conforme previera Miramón, hizo el nuevo presidente, fue dar una orden de expulsión contra el embajador de España, el legado pontificio y los representantes de Guatemala y del Ecuador.

La ocasión que don Jaime buscaba tanto tiempo hacia, se le presentaba por fin.

Miramón partiría no con el embajador de España, sino con el representante de Guatemala.

Y así sucedió.

La partida de los diplomáticos expulsados se efectuó el mismo día: eran éstos el embajador de España, el legado pontificio, el representante de Guatemala y el del Ecuador; además, el arzobispo de Méjico y cinco obispos mejicanos que componían todo el episcopado de la confederación y habían sido desterrados, se aprovecharon de la escolta del embajador para abandonar la capital.

Miramón, la esposa y los hijos del cual habían partido hacía ya algunos días, seguía, vestido con un disfraz que le hacía de todo punto desconocido, al representante de Guatemala.

En cuanto a Luis del Saulay y al duque de Tobar, tomaron el camino de Veracruz escoltando a doña María y a las dos jóvenes.

Don Jaime, que no quiso abandonar a su amigo, viajaba con éste en compañía de López.

Únicamente don Esteban se había quedado en la capital.

Dos días después el Velasco de la marina de guerra española, hacía rumbo a la Habana, llevando a bordo todos nuestros personajes.