Entonces empezó una carrera vertiginosa.

—¿A dónde vamos? preguntó el presidente.

—A Méjico, respondió don Jaime; es el único sitio donde no pensarán en buscarle a V.

Una hora después penetraban de nuevo en la ciudad, confundidos con los soldados desbandados que proferían ensordecedores vivas a Juárez y gritando ellos solos más que todos los que les rodeaban.

Ya en la ciudad, Miramón y don Jaime se separaron de sus amigos, pues la prudencia exigía que los fugitivos se retirasen a sus casas uno a uno.

A las cuatro de la madrugada estaban todos reunidos y en seguridad.

Las tropas de Juárez entraron en Méjico sólo algunas horas antes de lo que hiciese el general Ortega.

Gracias a las disposiciones tomadas de con concierto entre el general Berriozábal y los residentes extranjeros, el cambio de gobierno se había operado casi sin conmoción: al día siguiente Méjico parecía tan tranquilo como si en su seno no hubiese ocurrido nada.

Sin embargo, don Jaime no tenía confianza alguna en aquella calma aparente; temía que de permanecer Miramón algunos días en la ciudad no acabase por ser conocida su presencia en ella. Así es que buscaba ocasión propicia para hacerle evadir, y ya empezaba a desesperar de conseguirlo, cuando el acaso le ofreció una, en la que estaba por cierto muy distante de contar.

Habían transcurrido muchos días; la revolución estaba hecha y todo caminaba por su cauce ordinario, cuando por fin Juárez llegó de Veracruz e hizo su entrada en la capital.