—Es preciso huir, general, dijo don Jaime a Miramón.

—¡Nunca! respondió éste; moriré con mis amigos.

—Va V. a perecer asesinado sin lograr salvarse; por otra parte, vea V., ellos mismos le abandonan.

Era cierto, los amigos del presidente se habían desbandado y huían en todas direcciones.

—¿Qué hacer? preguntó Miramón.

—Abrirnos paso, respondió don Jaime.

Y sin dar al presidente lugar a la reflexión.

—¡Adelante! gritó en voz de trueno a los suyos.

Al mismo tiempo los sublevados se revolvían, con las lanzas en el ristre, contra el exiguo grupo en el centro del cual estaba Miramón.

Por espacio de algunos segundos la lucha fue espantosa: don Jaime y sus amigos, bien montados y sobre todo bien armados, consiguieron por último abrirse paso conduciendo al general en medio de ellos.