—No sin prometerme antes que vamos a vernos de nuevo.

—Me es imposible empeñar tal promesa, señor conde; nuestros caminos son diametralmente opuestos, y por otra parte quizá valdría más que no volviésemos a vernos.

—¿Qué quiere V. decir?

—Nada personal ni ofensivo para V.; permítame que le estreche la mano antes de separarnos.

—De todo corazón, exclamó el joven tendiéndole efusivamente la diestra.

—Adiós, dijo Oliverio; el tiempo vuela y a estas horas debía encontrarme ya muy lejos de aquí.

El aventurero se inclinó sobre el cuello de su caballo y con la rapidez de la flecha se internó en un sendero por él que no tardó en desaparecer.

—¡Vaya un carácter singular! murmuró el joven. ¡Oh! volveré a verle, es menester que así sea.

El conde oprimió suavemente los ijares de su cabalgadura y penetró en el sendero que en pocos minutos debía conducirle a la cúspide de la colina y a la puerta principal de la hacienda.

Oliverio anduvo acertado al decir que al conde le estaban esperando en la hacienda; en efecto, éste vio dos criados que, de pie en la puerta, al parecer acechaban su llegada.