—No; dentro de algunos minutos tendré el honor de despedirme de V.
—Supongo que para vernos de nuevo cuanto antes.
—No me atrevo a prometérselo a V., señor conde.
Oliverio y el joven caminaron algunos instantes más mano a mano, guardando el más profundo silencio y aguijando a sus cabalgaduras, con lo que se iban acercando rápidamente a la hacienda, cuyos edificios aparecían ya por completo.
Era la del Arenal una de esas magníficas residencias construidas durante los primeros años de la conquista, entre palacio y fortaleza, semejante a las que los españoles levantaban por aquellos tiempos en sus dominios, a fin de mantener a raya a los indios y resistir a las continuas y sangrientas revueltas de éstos.
Las almenas que coronaban los muros de la hacienda proclamaban la nobleza de su propietario, ya que únicamente los nobles gozaban del derecho de almenar sus moradas y de cuyo derecho se mostraban por demás celosos.
La cúpula de la capilla de la hacienda, que sobresalía de las murallas, brillaba a los ardorosos rayos del sol.
A medida que los viajeros iban acercándose, el paisaje iba cobrando nueva vida; a cada paso se encontraban con jinetes, arrieros guiando sus recuas de mulas, indios que corrían llevando bultos a cuestas suspendidos de una correa que les pasaba alrededor de la frente, rebaños conducidos por vaqueros y que iban en busca de nuevo pasto, frailes trotando sobre sendas mulas, mujeres, niños, en una palabra, gente atareada de todos estados y de uno y otro sexo que iban, venían y se cruzaban en todas direcciones.
Al llegar al pie de la colina sobre la cual se asentaba la hacienda y en el instante en que iba a penetrar en la senda que conducía a la puerta principal del edificio, el aventurero detuvo a su caballo, y volviéndose hacia el joven, le dijo:
—Señor conde, hemos llegado al término de nuestro viaje; con su permiso pues me retiro.