Al conde le fue imposible conocer a aquel hombre, del que sólo le separaban algunos pasos, primeramente porque estaba vuelto de espaldas y luego porque iba envuelto en una capa que le ocultaba del todo.
—¡Ah! murmuró el conde, no me había equivocado.
A pesar de que semejante descubrimiento le ajaba el amor propio, el conde experimentó una satisfacción íntima al ver realizadas sus sospechas, pues el hombre aquél no podía sino ser un amante.
Con todo, por mucho que los dos interlocutores suavizasen la voz, no hablaban tan quedo que a corta distancia no se les pudiese oír; así es que Luis, si bien tildándose la poco delicada acción que estaba cometiendo, excitado por su despecho y quizá, sin darse cuenta de ello, por los celos, entreabrió las ramas y avanzó de nuevo la cabeza para escuchar.
—Dios mío, decía doña Dolores con acento conmovido, cuando se pasan algunos días sin que le vea a V., la zozobra me mata, siempre estoy temiendo una desgracia.
—¡Diantre! murmuró el conde, pues no le ama poco.
Este aparte le privó de oír la contestación del hombre.
—¿Estoy condenada a vivir mucho tiempo aquí? continuó la joven.
—Tenga V. un poco de paciencia, respondió el desconocido con voz sorda, pronto habrá concluido todo, así lo espero. Y él ¿qué hace?
—Sombrío y misterioso como siempre, respondió doña Dolores.