—¿Se encuentra en la hacienda esta noche?

—Sí.

—¿Arisco como de costumbre?

—Más todavía.

—¿Y el francés?

—¡Ah! murmuró Luis, vamos a ver qué concepto le merezco.

—Es un caballero cumplido, respondió la joven con voz trémula; hace algunos días que le veo triste, o a lo menos lo parece.

—¿Se está aburriendo?

—Me temo que sí.

—¡Pobre niña! dijo para sus adentros el conde, ha advertido que me estoy aburriendo; a bien que cuido poco de ocultarlo. Pero, añadió con fatuidad, ¿me habré engañado por ventura? ¿Y si el hombre ese no fuese un amante? ¿Quién sabe?