Apenas hace un siglo que los indios, al llevar sus ofrendas a la capilla que, consagrada a la Virgen, se levanta en la cima de la pirámide, elevaban todavía sus preces a Quetzalcóatl, cuyo regreso aguardaban piadosamente.

No nos atreveríamos a afirmar que dicha creencia esté en lo presente extinguida del todo.

La pirámide de Cholula en nada se parece a las de Egipto: cubierta completamente de tierra, forma una frondosa colina, a cuya cúspide es fácil llegar no sólo a caballo, sino también en coche.

En algunos sitios la tierra se ha desmoronado dejando al descubierto los ladrillos cocidos al sol, que para la construcción de la pirámide se emplearon.

En la cúspide de la pirámide y en el sitio mismo en que estaba construido el templo consagrado a Quetzalcóatl, se eleva actualmente una capilla cristiana.

Sentimos que algunos escritores hayan supuesto que el cristianismo ha sustituido un culto bárbaro y cruel. Nunca el pico de la pirámide de Cholula se vio manchado de sangre humana, nunca hombre alguno fue inmolado al dios adorado en el templo hoy destruido, y al cual por toda ofrenda le presentaban productos de la tierra, tales como flores y las primicias de las cosechas, y esto por orden expresa del dios legislador.

Eran las cuatro de la madrugada: las estrellas empezaban a desaparecer en las profundidades del firmamento, el horizonte se teñía de anchas y cenicientas ráfagas de luz que variaban incesantemente y tomaban poco a poco los colores del prisma para fundirse en uno solo rojo cual sangre; quebraba el alba; el sol iba a aparecer.

En este instante salieron de Puebla dos jinetes, tomaron al trote largo la carretera de Cholula, y no medía legua de la ciudad doblaron prontamente hacia la derecha, internándose en un angosto sendero abierto en un campo de agave.

Dicho sendero, pésimamente conservado, como todas las vías de comunicación de Méjico, describía un sin fin de revueltas y estaba cortado por tantas torrenteras, que era imposible transitar por él sin exponerse a cada paso a romperse la nuca. Ora se interponía un arroyo, al que era menester atravesar con agua hasta la cincha del caballo, ora una colina.

Después de veinticinco minutos de una carrera tan erizada de dificultades, los dos jinetes llegaron al pie de una como pirámide groseramente labrada a mano, enteramente cubierta de vegetación y de unos cuarenta pies de altura sobre el nivel del suelo.