En la cúspide de aquella colina artificial se elevaba un rancho de vaquero, al que se llegaba por medio de escalones abiertos a trechos en las vertientes de la misma.
Una vez allí, el desconocido se detuvo y echó pie a tierra, operación que imitó su compañero.
Entonces los dos hombres dieron suelta a sus caballos, hundiendo el cañón de sus fusiles en una fragosidad de la base de la colina, y cogiendo con ambas manos la culata de sus armas hicieron servir a éstas de alzaprima.
Aunque uno ni otro de los dos se esforzaron mucho, una enorme piedra, al parecer completamente adherida al suelo, se movió lentamente, giró sobre goznes invisibles y dejó al descubierto la entrada de una cueva que en pendiente suave penetraba en el suelo, y la cual indudablemente recibía aire y luz por infinidad de imperceptibles intersticios, pues estaba seca y en ella se veía claramente.
—Baja, López, dijo el desconocido.
—¿Y V. se va arriba? preguntó el segundo jinete.
—Sí; dentro de una hora ven a reunirte conmigo, a no ser que me hayas visto antes.
—Perfectamente.
López silbó entonces a los caballos, que vinieron rápidamente al encuentro de sus dueños, y a una señal de aquél, se internaron buenamente en la cueva.
—Hasta la vista, dijo López.