El desconocido dirigió una señal afirmativa a su criado, quien se metió a su vez en la concavidad, e hizo girar nuevamente tras sí la piedra, la cual se adaptó tan perfectamente a la roca, que no dejó vestigio alguno de entrada.
Aquél había permanecido inmóvil y con los ojos fijos en la llanura que le rodeaba, cual si hubiese querido cerciorarse de que estaba completamente solo y nada tenía que temer de las miradas indiscretas.
Una vez en su sitio la piedra que cerraba la boca de la cueva, el desconocido se echó el fusil al hombro y empezó a subir lentamente los escalones y al parecer sumergido en meditación sombría.
Desde lo alto de la colina la vista abarcaba un horizonte extenso: de un lado Zapotecas, Cholula, haciendas y aldeas; del otro, Puebla con sus innumerables cúpulas esféricas y pintadas, que la daban apariencias de ciudad oriental; luego campos de maguey, trigo o agave, por en medio de los cuales serpenteaba, trazando una línea amarilla, la carretera de Méjico.
El desconocido permaneció pensativo por un instante, con la mirada fija en la llanura, completamente desierta en aquella hora matinal y a la que el sol naciente matizaba de irisados reflejos; luego, después de haber exhalado un ahogado suspiro, empujó el zarzo forrado de un cuero de buey que servía de puerta al rancho, y desapareció en el interior de éste.
Desde fuera, el rancho asumía el mísero aspecto de una cabaña casi arruinada; sin embargo de lo cual interiormente ofrecía más comodidades de las que cabía derecho a esperar en una región donde las exigencias de la vida, sobre todo para el pueblo, están reducidas a lo más estrictamente necesario.
La primera pieza, porque el rancho tenía muchas, servía de locutorio y de comedor y comunicaba con un cobertizo colocado en el exterior y que hacía las veces de cocina. Las encaladas paredes del mencionado comedor estaban adornadas, no de cuadros, sino de seis u ocho láminas iluminadas, hechas en Epinal y de las que esta ciudad inunda la tierra; dichas láminas representaban distintos episodios de las guerras del Imperio y estaban pulidamente encuadradas y cubiertas con sendos cristales. En un ángulo, poco más o menos a seis pies de altura y sobre una consola de palisandro con la tapa rodeada de pinchos en los que estaban clavados cirios de cera amarilla, de los cuales ardían tres, había una estatuita que representaba a la Virgen de Guadalupe, patrona de Méjico. Seis equipales, cuatro butacas, un aparador atestado de utensilios caseros y una mesa bastante capaz colocada en medio del comedor, completaban el ajuar de esta pieza, alegrada por dos ventanas con cortinas encarnadas.
El suelo estaba cubierto con un petate de labor delicada.
Se nos olvidaba hacer mención de un mueble asaz importante por su rareza y que en verdad nadie hubiera presumido encontrar en sitio semejante: el mueble a que nos referimos era un reloj de cuclillo, de la Selva Negra, coronado de un pájaro que con su canto anunciaba las horas y las medias horas.
Dicho reloj estaba colocado frente a la puerta de entrada, entre las dos ventanas, y a la derecha del mismo había otra puerta que conducía a los aposentos interiores.