—¡Vive Dios! el diablo se me lleve si no me he dormido.
—¿Y qué mal hay en ello, don Oliverio? dijo en el mismo idioma el ranchero.
—¡Ah! ¿están Vds. ahí, amigos míos? profirió Oliverio sonriendo alegremente y tendiéndoles la mano; grato despertar el mío, ya que les encuentro a mi lado. Buenos días, Luisa, hija mía; buenos días, Teresa, y tú, mi viejo Loick, buenos días también. Traen Vds. unos rostros que da gusto verles.
—Siento que se haya despertado V., don Oliverio, dijo la hechicera Luisa.
—Tanto más cuanto estará V. fatigado, añadió Loick.
—¡Bah! ¡bah! ¿quién piensa en ello? ¿Verdad que no sospechaban Vds. encontrarme aquí?
—Dispense V., don Oliverio, dijo Loick, López me había notificado su llegada.
—Ese diablo de López no puede poner freno a su lengua, profirió de buen humor Oliverio; siempre será charlatán.
—¿Va V. a almorzar con nosotros? preguntó la joven.
—Esto no se pregunta, hijita, dijo el vaquero; bueno estaría que don Oliverio se negase a acompañarnos.